El Dane reportó para el trimestre móvil enero-marzo de 2026 una cifra que parece alentadora: 2,63 millones de jóvenes entre 15 y 28 años que ni estudian ni trabajan, una caída anual del 1,8%. En un país acostumbrado a malas noticias laborales, la tentación es celebrar. Pero antes de hacerlo conviene preguntarse: ¿disminuyeron los ninis porque mejoraron las oportunidades, o simplemente porque hay menos jóvenes?
La respuesta, según los datos demográficos disponibles, apunta a lo segundo. Colombia está envejeciendo más rápido de lo que muchos imaginan. La pirámide poblacional que durante décadas garantizó un abultado segmento juvenil se está invirtiendo. Las tasas de natalidad han caído sostenidamente desde los años noventa, y la cohorte de jóvenes en edad de insertarse al mercado laboral o educativo es proporcionalmente menor que hace una década. Cuando el denominador se achica, los porcentajes mejoran sin que necesariamente mejore la realidad subyacente.
Esto no es un fenómeno exclusivamente colombiano. Buena parte de América Latina enfrenta lo que los demógrafos llaman “transición demográfica acelerada”: pasamos de sociedades jóvenes a sociedades envejecidas en menos tiempo del que les tomó a Europa o Norteamérica. La diferencia crucial es que aquellos países envejecieron ricos; nosotros envejecemos pobres, sin haber construido los sistemas de protección social, infraestructura educativa ni mercados laborales formales que amortigüen el cambio.
La cifra de 2,63 millones de ninis sigue siendo escandalosa. Representa casi el 25% de la población juvenil en ese rango etario, según estimaciones del propio Dane. Que el número absoluto baje marginalmente mientras la población juvenil también baja no debería tranquilizarnos. Lo que debería inquietarnos es la pregunta de fondo: ¿qué está fallando para que uno de cada cuatro jóvenes colombianos no encuentre cabida ni en el sistema educativo ni en el mercado laboral?
Las explicaciones son múltiples y conocidas: educación media de baja calidad que no prepara para la universidad ni para oficios técnicos; educación superior costosa e inaccesible para los estratos bajos; mercado laboral segmentado donde el empleo formal es privilegio de pocos; informalidad estructural que no ofrece trayectorias de carrera; y, en regiones apartadas, ausencia total del Estado como proveedor de oportunidades. A esto se suma una variable cultural que rara vez se discute con franqueza: en muchos hogares, especialmente en zonas rurales, las jóvenes mujeres siguen siendo empujadas hacia roles de cuidado no remunerado que las excluyen tanto del estudio como del empleo formal.
El envejecimiento poblacional, paradójicamente, debería facilitar la absorción laboral de los jóvenes: menos competencia por puestos de entrada, mayor demanda de reemplazo generacional. Pero eso solo funciona si la economía crece y si las empresas contratan formalmente. En Colombia, donde el crecimiento económico viene siendo mediocre y la informalidad ronda el 55%, esa absorción no ocurre. Los jóvenes no están siendo integrados; están siendo expulsados hacia los márgenes.
Hay una dimensión adicional que merece atención: la caída de ninis podría estar ocultando un aumento de jóvenes que emigran. Las estadísticas migratorias de los últimos años muestran un incremento sostenido de colombianos entre 18 y 30 años que buscan oportunidades en el exterior. Si parte de esa cohorte ya no está en el país, obviamente no aparece en las cifras de ninis. Estaríamos, entonces, exportando el problema en lugar de resolverlo.
La pregunta que deberíamos estar haciéndonos no es si bajó el número de jóvenes que ni estudian ni trabajan, sino por qué sigue siendo tan alto y qué estamos dispuestos a hacer al respecto. Porque una sociedad que envejece sin haber formado adecuadamente a su juventud es una sociedad que hipoteca su futuro. Y los números demográficos, esos sí, no mienten: cada año tendremos menos jóvenes para sostener a más adultos mayores. Si no logramos que esos jóvenes sean productivos, educados y formales, el sistema colapsará.
Las cifras del Dane no son motivo de celebración. Son, en el mejor de los casos, un recordatorio de que el tiempo demográfico corre en nuestra contra, y que las ventanas de oportunidad no permanecen abiertas indefinidamente.