La noticia de que GEB —holding energética colombiana— entrará al top cinco de transmisores de energía en Brasil mediante una alianza con La Caisse de Dépôts et Consignations francesa merece lectura más allá del comunicado corporativo. No es solo un hito empresarial: es un espejo incómodo de las prioridades de inversión en la región andina.
Con 26 concesiones y 9.000 kilómetros de líneas de transmisión bajo su control conjunto, GEB se posicionaría en un mercado donde la transmisión eléctrica es infraestructura crítica. Brasil, con PIB de 2,3 billones de dólares y demanda energética creciente, requiere redes robustas. El país invirtió en 2024 aproximadamente 8.500 millones de dólares en expansión de transmisión según datos de la Agencia Nacional de Energía Eléctrica (ANEEL). Colombia, con PIB de 430.000 millones de dólares, invirtió menos de 1.200 millones en el mismo rubro.
Esta disparidad no es casual. Refleja dos dinámicas simultáneas: primero, que el capital privado colombiano encuentra más oportunidades y seguridad regulatoria en Brasil que en casa; segundo, que la política energética doméstica colombiana carece de visión de largo plazo en transmisión.
El atractivo brasileño
Brasil ofrece lo que Colombia no: marcos regulatorios predecibles, licitaciones competitivas transparentes, y retornos garantizados por la ANEEL. GEB y La Caisse —fondo de pensiones francés con 700.000 millones de euros bajo administración— buscan activos de renta fija con riesgo controlado. La transmisión eléctrica es eso: flujos predecibles, demanda inelástica, regulación establecida.
Colombia, por contraste, enfrenta incertidumbre regulatoria. Las reformas al sector energético del gobierno actual han generado dudas sobre rentabilidad futura. El debate sobre precios de energía, la transición energética acelerada, y cambios en la política de hidrocarburos crean volatilidad que ahuyenta inversión de largo plazo.
La Caisse no invierte 9.000 kilómetros de líneas en un país donde no confía en el marco institucional. Eso debería preocupar a los diseñadores de política pública colombiana.
La brecha de infraestructura
Colombia necesita expandir transmisión urgentemente. La demanda eléctrica crecerá entre 3 y 4 por ciento anual según proyecciones de XM (operador del mercado). Los proyectos de energía renovable en La Guajira y Cesar requieren redes que no existen. La interconexión con Perú y Ecuador depende de transmisión confiable. Sin embargo, el país invierte menos como porcentaje del PIB en transmisión que sus pares regionales.
Brasil lo entendió: transmisión es vertebra del desarrollo. Por eso atrae inversión. Colombia aún debate si es gasto o inversión.
Lo que significa para el mercado regional
La entrada de GEB al top cinco brasileño tiene implicaciones geopolíticas menores pero reales. Consolida a Colombia como origen de capital en infraestructura regional —no solo consumidor de inversión extranjera—. Eso es positivo.
Pero también expone una asimetría: mientras capital colombiano se posiciona en Brasil, Brasil no invierte equivalentemente en Colombia. El flujo es desigual. Eso refleja diferencias en estabilidad regulatoria y rentabilidad esperada.
Para inversionistas extranjeros que observan la región, el mensaje es claro: si querés seguridad en transmisión eléctrica, Brasil. Si querés volatilidad con potencial de retorno más alto pero riesgo político, Colombia.
La pregunta para Bogotá
No se trata de impedir que GEB invierta en Brasil. Es preguntarse por qué capital colombiano busca oportunidades fuera. La respuesta no es falta de dinero: es falta de confianza en el marco doméstico.
Si el gobierno quiere atraer inversión en transmisión —propia o extranjera—, debe ofrecer lo que Brasil ofrece: previsibilidad regulatoria, licitaciones transparentes, y retornos garantizados. Eso requiere despolitizar el sector energético y construir consenso de largo plazo sobre transición energética.
Mientras eso no ocurra, veremos más historias de capital colombiano buscando oportunidades en vecinos más estables. Y eso, a largo plazo, debilita la capacidad de Colombia de financiar su propia transformación energética.