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Editorial · Análisis · 13 may 2026

El silencio también es información: sobre errores 403 y opacidad institucional

Cuando un medio regional niega el acceso a contenido sin explicación, conviene preguntarse qué dice esa opacidad sobre el estado de la información pública.

El silencio también es información: sobre errores 403 y opacidad institucional — Editorial, ilustración editorial

Hay algo inquietante en un error 403. No es la página que no existe —el familiar 404 que todos conocemos—, sino la que existe pero se nos niega. “No tiene permisos para acceder a esta página”, dice el mensaje. La diferencia es filosóficamente relevante: una cosa es la ausencia, otra la prohibición. Y cuando esa prohibición ocurre en un medio de comunicación regional, la pregunta que corresponde formular es: ¿qué contenido justifica ese candado?

El caso concreto es modesto: Zona Cero, un portal de Barranquilla, mantiene inaccesible una URL desde al menos marzo de 2021. Podría tratarse de un simple error técnico, de una página eliminada sin redirección apropiada, o de contenido que el medio decidió restringir por razones editoriales o legales. En sí mismo, el incidente es trivial. Pero la opacidad que representa no lo es.

Los medios regionales colombianos operan en condiciones estructuralmente adversas: presupuestos escasos, presión de anunciantes locales, amenazas ocasionales cuando investigan corrupción municipal. En ese contexto, un contenido inaccesible puede ser síntoma de autocensura, de presión externa, o simplemente de negligencia administrativa. Las tres opciones son problemáticas, aunque por razones distintas.

La tradición del periodismo liberal —la que defendieron en Colombia figuras como Luis Carlos Galán o Guillermo Cano— sostiene que la información debe circular con la menor cantidad posible de restricciones compatibles con el Estado de derecho. Eso no significa ausencia absoluta de límites: existen secretos de Estado legítimos, información privada protegible, contenidos que violan derechos. Pero la carga de la prueba recae siempre sobre quien restringe, no sobre quien busca acceder.

Cuando un medio decide eliminar o restringir contenido propio, la ética periodística exige transparencia mínima: una nota explicativa, un registro de corrección, algo que permita al lector entender qué ocurrió. El silencio —el error 403 sin contexto— es la peor de las opciones, porque alimenta la sospecha sin ofrecer elementos para verificarla. Y en un país donde la desconfianza hacia las instituciones es endémica, esa opacidad tiene costos acumulativos.

No sabemos qué contenía originalmente esa página de Zona Cero. Quizá era información sensible que comprometía una investigación en curso. Quizá era un error factual que el medio corrigió sin dejar rastro. Quizá era contenido difamatorio que alguien exigió retirar mediante tutela. Todas esas son posibilidades. Pero sin explicación, lo que queda es el vacío, y los vacíos en el registro público son siempre problemáticos.

La democracia liberal descansa sobre la premisa de que los ciudadanos pueden fiscalizar el poder con información verificable. Esa premisa se debilita cada vez que un medio —regional o nacional, digital o impreso— elimina contenido sin dejar constancia de haberlo hecho. No se trata de exigir que todo permanezca publicado para siempre: se trata de exigir que las modificaciones sean rastreables, que el lector pueda distinguir entre un artículo nunca publicado y uno retirado posteriormente.

El problema no es exclusivo de Zona Cero ni de los medios regionales. Es sistémico. Pero los medios locales, precisamente por su vulnerabilidad, son el eslabón donde esa fragilidad se manifiesta con mayor crudeza. Y si queremos una prensa regional robusta —condición necesaria para fiscalizar alcaldías, gobernaciones, contratos departamentales—, debemos empezar por exigir estándares mínimos de transparencia en la gestión de sus propios archivos.

La pregunta que deja este error 403 no es qué contenía esa página específica, sino cuántas otras páginas, en cuántos otros medios, han desaparecido sin explicación. Y si esa desaparición responde a presiones, a temores, o simplemente a la normalización de la opacidad como práctica editorial. Porque cuando el silencio se vuelve rutina, lo que se pierde no es solo información: es la posibilidad misma de confiar en que la información circula.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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