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Cultura política · Análisis · 15 may 2026

Cuando el adversario deja de ser humano

La deshumanización del contrario no es retórica inocente: es el prólogo de la violencia que destruye repúblicas.

Cuando el adversario deja de ser humano — Cultura política, ilustración editorial

El Memorial de Auschwitz insiste en que su función trasciende la memoria: es una advertencia sobre el futuro. Nadie equipara responsablemente el presente con el Holocausto, pero existe un patrón previo que sí debemos reconocer cuando reaparece. Antes de las deportaciones, antes de la violencia física sistemática, el Tercer Reich construyó un andamiaje retórico que despojaba al otro de su condición humana. Esa operación lingüística —convertir al adversario en parásito, en amenaza existencial, en categoría infrahumana— no es exclusiva del nazismo. Es el prólogo recurrente de las peores catástrofes políticas del siglo XX y también del XXI.

La pregunta que nos corresponde formular es incómoda: ¿reconocemos ese patrón cuando emerge en nuestro propio lenguaje político? Colombia ha vivido décadas de violencia donde la deshumanización del enemigo fue herramienta compartida por todos los bandos. Guerrilleros que llamaban “oligarcas” a quienes merecían exterminio. Paramilitares que etiquetaban “auxiliadores” a campesinos enteros. Políticos que convertían al oponente en “terrorista” o “paraco” según conveniencia. El resultado no fue retórico: fue medio millón de muertos.

Hannah Arendt explicó en Los orígenes del totalitarismo que la deshumanización cumple una función psicológica precisa: libera al perpetrador de la culpa. Si el otro no es plenamente humano, eliminarlo no es crimen sino higiene. Si el adversario es “enemigo del pueblo”, silenciarlo no es censura sino defensa legítima. Si quien disiente es “traidor a la patria”, perseguirlo no es autoritarismo sino patriotismo. Esta lógica no requiere campos de exterminio para ser letal: basta con que erosione las barreras morales que sostienen la convivencia democrática.

El lenguaje político colombiano actual reproduce estos patrones con frecuencia alarmante. Desde el gobierno se ha calificado a sectores de la oposición como “golpistas” sin evidencia judicial. Desde la oposición se ha tildado al gobierno entero de “narcoterrorista” sin matices. Las redes sociales amplifican esta dinámica: el algoritmo premia la indignación, y la indignación se alimenta mejor cuando el otro es monstruo. No estamos ante un problema de modales: estamos ante la fractura del lenguaje común que hace posible la república.

Karl Popper advirtió en La sociedad abierta y sus enemigos que la democracia no muere únicamente por golpes militares. Muere cuando los ciudadanos dejan de verse mutuamente como interlocutores falibles y se perciben como amenazas existenciales. Esa transformación no ocurre de golpe: avanza mediante la acumulación de pequeñas deshumanizaciones cotidianas. Cada vez que un columnista llama “basura” a quienes votan distinto. Cada vez que un líder político sugiere que sus opositores no merecen derechos. Cada vez que convertimos el debate público en guerra total.

La lección de Auschwitz no es que debamos temer una repetición literal del Holocausto. Es que debemos reconocer las señales tempranas de los procesos que hacen posible la barbarie. La deshumanización retórica del adversario es una de esas señales. No porque conduzca inevitablemente al exterminio, sino porque destruye las condiciones culturales que hacen viable la democracia: el reconocimiento mutuo como ciudadanos con igual dignidad, la posibilidad del desacuerdo sin enemistad, la distinción entre adversario político y enemigo a destruir.

Colombia firmó un acuerdo de paz precisamente para salir de esa lógica. Pero la paz no se sostiene solo con instituciones: requiere un cambio cultural profundo en cómo nos hablamos. Requiere que los líderes políticos —todos, sin excepción— asuman la responsabilidad de no alimentar la deshumanización del contrario. Requiere que los medios de comunicación rechacemos el lenguaje que convierte al otro en categoría infrahumana, incluso cuando ese lenguaje genera clics.

La advertencia del Memorial de Auschwitz nos incumbe. No porque estemos al borde del genocidio, sino porque la deshumanización retórica del adversario ya está presente en nuestro debate público. Y porque sabemos, por experiencia histórica propia y ajena, adónde conduce ese camino cuando nadie lo detiene a tiempo. La pregunta no es si podemos permitirnos ese lenguaje. La pregunta es si podemos permitirnos ignorar sus consecuencias.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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