El Diario de Pereira publicó una recomendación de cinco títulos sobre transformación del bienestar. Entre ellos figuran libros que proponen volver a lo esencial a través de hábitos cotidianos: respiración, movimiento, postura, hidratación, alimentación. La fórmula es clara: empaquetan prácticas simples como un sistema integral de equilibrio.
No se trata de que sean falsas. La respiración consciente existe. El movimiento importa. El problema surge cuando una industria convierte el cuidado personal en un producto y lo vende como solución a problemas estructurales. Un trabajador estresado no necesita un libro sobre respiración diafragmática; necesita menos horas de trabajo. Alguien con ansiedad crónica requiere acceso a salud mental, no “biohacking”.
Pero eso es exactamente lo que las redes amplifican. TikTok y Bluesky están llenos de cuentas que promocionan estos contenidos. Según investigaciones previas sobre influencia digital, muchas de esas cuentas mantienen vínculos comerciales con autores y editoriales. Cuando estos vínculos no se declaran, la recomendación se convierte en publicidad encubierta, un problema que reguladores como la Superintendencia de Industria y Comercio han señalado en otros sectores.
Para quien no siguió el hilo: la pregunta política aquí no es si la respiración consciente funciona. Es quién se beneficia del sistema. El lector que compra el libro espera cambiar su vida. El algoritmo amplifica lo que genera engagement. La plataforma retiene usuarios. El autor vende esperanza. Y en ese circuito, la responsabilidad por el bienestar se desplaza del Estado y el empleador hacia el individuo: si tu vida no mejora, la culpa es tu falta de disciplina, no un sistema de salud precario o un mercado laboral hostil.
Esto no es cultura política. Es economía política disfrazada de wellness. Y es especialmente efectiva en redes porque toca dos puntos ciegos: el miedo a perder control y la creencia de que la solución está a un clic de distancia.