Edición N.º 2695 Lunes, 18 de mayo de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Nuevo

El Decir y el Hacer

Archivo permanente de la retórica oficial colombiana en X, contrastada con nuestras columnas. Indexable, citable, fechado.

Visitar la sección
Internacional · Análisis · 12 may 2026

Venezuela abre puertas energéticas: ¿oportunidad real o espejismo para Colombia?

La posible reactivación de inversión en hidrocarburos venezolanos plantea dilemas geopolíticos y comerciales que Colombia no puede resolver sin claridad sobre reglas de juego y riesgos soberanos.

Venezuela abre puertas energéticas: ¿oportunidad real o espejismo para Colombia? — Internacional, ilustración editorial

El contexto: reconfiguración de fuerzas en Caracas

La política exterior estadounidense hacia Venezuela ha experimentado giros significativos en los últimos meses. Independientemente de los mecanismos específicos de presión diplomática o económica, lo cierto es que sectores empresariales venezolanos exploran nuevamente la apertura a capital extranjero en el sector de hidrocarburos. Esto marca un cambio táctico respecto a los años de aislamiento relativo que caracterizaron la década anterior.

Para Colombia, esta apertura genera una tentación comprensible: empresas de ingeniería, servicios petroleros, y capital de riesgo colombianos podrían posicionarse en un mercado vecino con reservas probadas de crudo entre las más grandes del mundo. El argumento es seductor: proximidad geográfica, expertise acumulada, y ventajas de costos operativos frente a competidores globales.

Pero la tentación no es oportunidad. Aún no.

Los riesgos que el entusiasmo olvida

Primero, la volatilidad institucional. Venezuela no ha resuelto sus conflictos de gobernanza. La apertura energética depende de decisiones que pueden revertirse si cambian coaliciones internas o presiones externas. Empresas colombianas que inviertan capital significativo en exploración, infraestructura o servicios especializados enfrentan riesgo de expropiación, cambio de reglas tributarias, o simplemente incumplimiento contractual. El historial de disputas entre operadores internacionales y el Estado venezolano en las últimas dos décadas no es tranquilizador.

Segundo, la pregunta sobre legitimidad. Colombia mantiene relaciones diplomáticas complejas con Caracas. Cualquier inversión empresarial masiva en Venezuela genera presión política interna: ¿estamos legitimando un régimen cuya trayectoria en derechos humanos es controvertida? ¿Qué dice esto sobre nuestras prioridades comerciales versus nuestros compromisos institucionales? El gobierno colombiano no puede permitirse el lujo de una postura ambigua aquí.

Tercero, la competencia real. No somos los únicos interesados. Operadores de Brasil, México, Trinidad y Tobago, y potencias globales como China y Rusia ya tienen presencia o aspiraciones en Venezuela. El supuesto de que la cercanía colombiana genera ventaja automática es ingenuo. En mercados energéticos, lo que importa es acceso a capital, tecnología de punta, y capacidad de gestión de riesgo político—no la proximidad geográfica.

El factor geopolítico que nadie menciona

La reconfiguración de fuerzas en Venezuela ocurre en un contexto más amplio: la competencia entre Washington y Pekín por influencia en América Latina, y la búsqueda estadounidense de diversificar fuentes de energía fuera de Medio Oriente. Si la apertura venezolana responde a presiones estadounidenses, es probable que Washington espere que aliados como Colombia actúen como contrapeso a inversión china o rusa.

Esto no es malo per se. Pero significa que cualquier decisión colombiana sobre inversión en Venezuela tendrá implicaciones hemisféricas. No es un asunto puramente comercial.

Qué debería hacer Colombia

Antes de que empresarios colombianos lancen capitales, el gobierno debe establecer criterios claros:

Primero, negociar garantías bilaterales explícitas sobre protección de inversión. No basta con contratos privados. Se necesita un tratado de inversión que incluya cláusulas de arbitraje internacional y seguros de riesgo político respaldados por organismos multilaterales.

Segundo, condicionar la apertura comercial a avances verificables en gobernanza democrática. Esto no es moralismo: es protección de intereses propios. Un régimen más institucionalizado es un régimen más predecible.

Tercero, diversificar. No concentrar inversión colombiana en Venezuela. Las oportunidades energéticas en Guyana, Brasil, y el Golfo de México ofrecen marcos regulatorios más sólidos.

Cuarto, evaluar si la inversión en Venezuela compite o complementa la estrategia energética colombiana. Si Venezuela vuelve a exportar crudo masivamente, presiona precios globales hacia abajo. ¿Es eso beneficioso para productores colombianos? Probablemente no.

Conclusión: la oportunidad existe, pero no es ahora

Venezuela reabrirá su sector energético. Eso es probable. Pero la ventana actual está nublada por incertidumbre institucional, riesgos políticos sin mitigar, y competencia global que no duerme.

Colombia debe observar, preparar capacidades, y esperar señales más claras: reformas constitucionales en Venezuela, elecciones verificables, independencia judicial demostrada. Cuando esas condiciones existan, la oportunidad seguirá allí. Y será más segura.

Mientras tanto, el empresariado colombiano hace bien en ser cauteloso. La proximidad geográfica no compensa la distancia institucional.

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.