Germán Vargas Lleras falleció el 9 de mayo en Bogotá. Con su muerte desaparece una de las figuras más persistentes del centro político colombiano de las últimas dos décadas, alguien que se definía a sí mismo como “de centro, ortodoxo”, según reportó El Diario en una entrevista recuperada de su libro Protagonistas de la Economía Colombiana.
La trayectoria de Vargas Lleras atravesó ministerios clave: Hacienda, Defensa, Interior. En cada uno de esos espacios, sus decisiones dejaron huella en la arquitectura institucional del país. No siempre fueron decisiones consensuadas. Algunos de sus decretos, particularmente en materia de contratación pública durante su paso por Interior, generaron controversias que llegaron a la Corte Constitucional.
Lo que distinguía a Vargas Lleras era su apego a lo que él llamaba ortodoxia económica: disciplina fiscal, reducción del gasto público, desconfianza del populismo. Esa postura lo ubicaba en una franja política específica: ni la izquierda estatista ni la derecha populista. Un centro que en Colombia siempre ha sido más frágil de lo que sus proponentes quisieran admitir.
Durante su gestión en ministerios de seguridad y orden público, Vargas Lleras enfrentó decisiones complejas sobre el uso del aparato estatal. Algunos de sus actos administrativos fueron cuestionados por organismos de control. La Contraloría, la Procuraduría y tribunales administrativos revisaron en varias ocasiones sus decisiones. Eso forma parte del registro público y debe ser considerado al evaluar su legado.
Lo que no puede negarse es que Vargas Lleras fue un actor relevante en los debates sobre el tamaño del Estado, la eficiencia administrativa y la ortodoxia fiscal. En momentos en que el gobierno actual ha cuestionado abiertamente esos principios, la ausencia de una voz como la de Vargas Lleras en el debate político genera un vacío. No porque su pensamiento fuera infalible, sino porque representaba una posición institucionalista clara, sin ambigüedades.
El centro político colombiano ha perdido figuras en los últimos años. Vargas Lleras era una de las pocas que mantenía una coherencia ideológica reconocible, aunque controversial. Su muerte ocurre en un momento en que la política nacional se debate entre posiciones más polarizadas. Eso hace que su ausencia sea más notoria.
Para La Bitácora, lo relevante no es hacer una apología de Vargas Lleras. Lo relevante es constatar que el país pierde un actor que, más allá de sus aciertos y errores, representaba una posición clara sobre cómo debe funcionar el Estado. Esa posición merece ser debatida, criticada, mejorada. Pero necesita interlocutores. Ahora tendremos que buscarlos en otro lado.