Alfredo Sarmiento formuló una pregunta directa en su columna de La República: ¿por qué ciertos estándares éticos se exigen con rigor desigual en la política colombiana?
El punto de partida es la tensión entre coherencia y selectividad. Según Sarmiento, existe un patrón donde la exigencia de alineación entre vida privada y posiciones públicas no se aplica uniformemente. Algunos personajes políticos enfrentan escrutinio constante por sus contradicciones. Otros, aparentemente, logran eludir esa presión con mayor facilidad. La pregunta es si esa diferencia responde a criterios políticos, institucionales o de otro tipo.
Sarmiento sugiere mediante su planteamiento que el género opera como variable en esa distribución asimétrica de exigencias morales. Su columna invita a reflexionar sobre si las demandas de coherencia ética tienden a concentrarse con mayor intensidad en ciertos actores que en otros, y si eso tiene consecuencias para la credibilidad institucional.
El debate no es nuevo. Resurge cada vez que emergen casos de funcionarios públicos cuyas posiciones contrastan con sus acciones privadas o declaraciones pasadas. Lo que resulta menos frecuente es que un columnista de un medio nacional lo formule de manera tan explícita y sin intermediarios.
Por qué importa: si la exigencia ética funciona como herramienta selectiva en lugar de como principio consistente, el mensaje institucional es que la integridad depende de conveniencia política. Eso afecta la confianza en que las instituciones operen con reglas claras y aplicables a todos. La pregunta de Sarmiento, entonces, no es solo sobre coherencia individual. Es sobre la coherencia del sistema político completo.
La columna deja abierta la pregunta sin ofrecer respuesta cerrada. En cultura política eso suele ser suficiente para que el debate continúe en redes, en pasillos legislativos y en redacciones. Probablemente ese era el propósito.