La muerte de Germán Vargas Lleras generó, como era previsible, un momento de tensión política que el presidente Gustavo Petro no dejó pasar. Durante las exequias del exvicepresidente, su hija Clemencia Vargas Umaña hizo declaraciones críticas contra el gobierno y contra Iván Cepeda. Petro respondió públicamente en X cuestionando lo que llamó “apellidos hereditarios” y negando la existencia de aristocracias en Colombia.
El episodio merece análisis no por el contenido ideológico de lo que cada quien dijo, sino por lo que revela sobre el ejercicio del poder presidencial en momentos que exigen contención.
Primero, los hechos. Clemencia Vargas expresó su preocupación por el rumbo del país y mencionó al candidato Cepeda. Eso es legítimo. Es lo que hace la oposición: opone. Petro, como presidente en funciones, eligió responder en tiempo real, en la misma plataforma, con una argumentación sobre sistemas hereditarios y democracia. Técnicamente, nada de lo que dijo es falso. Pero el timing y el tono plantean una pregunta sobre el ejercicio presidencial.
Hay un protocolo no escrito pero ampliamente reconocido en democracias consolidadas: cuando muere una figura pública de la oposición, el jefe de Estado guarda compostura por un período. No es hipocresía. Es reconocimiento de que existen momentos en los que la función presidencial exige sobreelevarse de la contienda política ordinaria. Francia tiene sus códigos. España tiene los suyos. Brasil también.
En Colombia, ese protocolo ha sido erosionado progresivamente. No es culpa exclusiva de Petro. Álvaro Uribe tuiteaba durante funerales. Juan Manuel Santos hacía declaraciones políticas en momentos delicados. Pero la frecuencia y la inmediatez con que este gobierno responde a críticas en redes sociales, especialmente en momentos sensibles, sugiere una dificultad para distinguir entre el rol de activista político y el rol de presidente.
Paloma Valencia, desde la oposición, cuestionó lo que llamó “incapacidad de empatía” del presidente. Juan Daniel Oviedo, su fórmula vicepresidencial, fue más directo con una crítica irónica. Ambos señalaron lo mismo: la ausencia de una pausa que reconozca que hay momentos en los que la función presidencial exige otra cosa.
No se trata de que Petro no pueda responder a críticas. Se trata de cuándo y cómo lo hace. Un presidente que responde a una hija en duelo, en el mismo día del funeral de su padre, desde la cuenta oficial de la presidencia, está usando la investidura para ganar una discusión política. Eso es diferente a responder después, cuando el polvo haya bajado, si lo considera necesario.
Lo que preocupa no es el contenido específico de este intercambio. Lo que preocupa es el patrón. Este gobierno ha mostrado dificultad recurrente para distinguir entre defensa legítima de su gestión y confrontación política permanente. Las redes sociales, donde todo es inmediato y donde la respuesta rápida se premia con engagement, han amplificado esa tendencia.
Una democracia requiere que sus instituciones funcionen. Pero también requiere que quienes las ocupan entiendan que la función no es sinónimo de la persona. El presidente no es Petro. Petro es el presidente. Esa diferencia, que parece semántica, es en realidad institucional.
Vargas Lleras fue un político controvertido. Tuvo alianzas complejas, decisiones cuestionables. Pero era un exvicepresidente, un actor político de peso. Su muerte merecía, del presidente en funciones, algo más que un debate sobre aristocracias en X.
No es un asunto menor. Es sobre cómo se ejerce el poder en democracia: con la capacidad de reconocer que hay momentos en los que la contención no es debilidad, sino fortaleza institucional.