Un fenómeno cultural ocurre en paralelo a la secularización: el contenido religioso, especialmente narrativas sobre Jesús, se volvió entretenimiento mainstream. No es casual que The Chosen, la serie sobre los apóstoles, haya generado audiencias de decenas de millones. O que álbumes como Lux de Rosalía exploren lo sagrado desde la experimentación sonora. O que conciertos de artistas como Hakuna llenen espacios con públicos que no necesariamente se identifican con lo religioso institucional.
El fenómeno escala ahora a la literatura. El profeta (Penguin Random House) se posiciona como bestseller entre lectores que, según reportes del mercado editorial, no provienen de círculos evangélicos tradicionales. Esto sugiere algo más complejo que un simple resurgimiento devoto: es la mercantilización de lo espiritual como categoría estética, no necesariamente teológica.
La paradoja es clara. En contextos donde iglesias reportan caída de asistencia y donde encuestas muestran aumento de personas sin afiliación religiosa, el contenido que aborda lo sagrado prospera. Esto ocurre porque ha sido reempaquetado como arte, no como catecesis. The Chosen no es un sermón disfrazado; es producción audiovisual con presupuesto de serie premium. Rosalía no predica; experimenta con sonoridades que evocan lo trascendente. El profeta no es un tratado teológico; es narrativa que dialoga con inquietudes contemporáneas sobre significado y propósito.
Lo interesante para la cultura política es que esto desafía el relato polarizado: ni secularismo triunfante, ni resurgimiento evangélico. Es algo más fragmentado. Lo espiritual se consume à la carte, desacoplado de institución, doctrina o comunidad. Es lo sagrado sin obligación.
Importa porque muestra cómo la sociedad procesa preguntas existenciales a través de plataformas que históricamente no eran religiosas. Y porque revela un vacío: si la gente busca significado en ficción sobre Jesús en lugar de en espacios eclesiásticos, algo se movió en la manera en que experimentamos lo trascendente.